El Boletín de Semiconecta
E2 Junio: La vulnerabilidad de la cadena de suministro
La vulnerabilidad de las cadenas de suministro
Irene Toledo
En 2021, el sector del automóvil dejó de ingresar 210.000 millones de dólares por una sola causa: no tenía chips. La consultora AlixPartners calculó 7,7 millones de vehículos sin fabricar ese año. No fue una crisis de demanda ni de capital, sino la consecuencia de una cadena de suministro que durante décadas se había optimizado para producir barato, no para resistir interrupciones.
Los semiconductores constituyen uno de los pilares fundamentales de la economía digital contemporánea. Su presencia resulta indispensable para la producción de teléfonos inteligentes, ordenadores, vehículos, infraestructuras de telecomunicaciones, sistemas industriales e incluso equipamiento militar avanzado. A pesar de su importancia estratégica, la producción global de semiconductores depende de cadenas de suministro altamente complejas, fragmentadas y geográficamente concentradas.
Durante décadas, la globalización favoreció la construcción de cadenas internacionales de producción basadas en la eficiencia económica, la especialización y la reducción de costes. Sin embargo, las disrupciones provocadas por la pandemia de COVID-19 evidenciaron que dicha eficiencia también generaba vulnerabilidades estructurales. La escasez mundial de chips reveló que una interrupción localizada podía desencadenar consecuencias económicas globales.
La cadena que ningún país controla por completo
La industria de semiconductores representa uno de los ejemplos más complejos de división internacional del trabajo. Su producción no se concentra en un único territorio ni en una sola empresa, sino que depende de múltiples actores distribuidos globalmente.
El proceso comienza con el diseño de chips, desarrollado principalmente por empresas especializadas que crean arquitecturas y componentes avanzados. Posteriormente, la fabricación requiere instalaciones altamente sofisticadas, denominadas fabs, cuya construcción supone inversiones multimillonarias y capacidades tecnológicas extremadamente avanzadas.
A esta complejidad se añade la producción de maquinaria especializada, materiales químicos, obleas de silicio, procesos de ensamblaje y distribución internacional. Como consecuencia, ningún Estado controla completamente toda la cadena productiva.
La pandemia convirtió la eficiencia en un riesgo
La pandemia de COVID-19 constituyó un punto de inflexión para comprender la fragilidad de las cadenas globales de suministro.
La crisis demostró que la búsqueda permanente de eficiencia económica había reducido significativamente la resiliencia de las cadenas productivas. Los sistemas just-in-time, diseñados para minimizar costes y almacenamiento, mostraron importantes limitaciones ante perturbaciones globales.
Más allá de sus consecuencias económicas inmediatas, la escasez de semiconductores transformó la percepción política sobre estas cadenas productivas. Lo que anteriormente se entendía como una cuestión empresarial comenzó a interpretarse como un asunto de seguridad nacional.
Demasiada capacidad crítica en muy pocos lugares
Uno de los principales factores de vulnerabilidad radica en la concentración geográfica de capacidades productivas críticas.
La fabricación avanzada de semiconductores se encuentra altamente concentrada en un reducido número de territorios. Esta situación genera riesgos sistémicos considerables, ya que desastres naturales, conflictos regionales, tensiones diplomáticas o interrupciones comerciales podrían afectar simultáneamente a múltiples sectores económicos internacionales.
La elevada concentración productiva implica que acontecimientos localizados poseen potencial para generar consecuencias globales. A diferencia de otros sectores industriales, la sustitución rápida de capacidad productiva resulta extremadamente difícil debido a las enormes barreras tecnológicas, financieras y temporales necesarias para construir nuevas instalaciones.
De cuestión económica a prioridad estratégica
La creciente preocupación por la resiliencia tecnológica ha impulsado importantes cambios en la política económica internacional.
Numerosos gobiernos comenzaron a implementar estrategias orientadas a reducir dependencias externas, incentivar la producción doméstica y diversificar proveedores estratégicos. Esta transformación refleja un desplazamiento desde lógicas puramente económicas hacia consideraciones vinculadas con seguridad nacional y autonomía estratégica. Este proceso también evidencia una creciente securitización económica. Recursos anteriormente considerados parte normal del comercio internacional pasan a interpretarse como infraestructuras críticas cuya disponibilidad afecta directamente la capacidad económica, militar y tecnológica de los Estados.
Europa ha respondido a esa lógica con la European Chips Act, que moviliza unos 43.000 millones de euros con el objetivo de duplicar su cuota mundial de fabricación hasta el 20 % en 2030. España se sumó con el PERTE Chip, dotado con cerca de 12.000 millones de euros para diseño, fabricación y formación de talento. El instrumento europeo Chips JU y, en el plano nacional, organismos como la AEI y el CDTI articulan buena parte de la financiación disponible para I+D en este ámbito. La cuestión no es solo si Europa puede fabricar más, sino dónde puede aportar capacidades diferenciales: diseño, equipamiento, materiales o nichos como la electrónica de potencia y la fotónica, donde el ecosistema español ya cuenta con grupos y empresas competitivos.
La búsqueda de resiliencia plantea, sin embargo, importantes dilemas. Reducir dependencias puede aumentar costes productivos, disminuir eficiencia y fragmentar mercados globales. Los gobiernos deben equilibrar seguridad económica y competitividad internacional, generando nuevas tensiones dentro del sistema económico global.
Los semiconductores ilustran precisamente esta paradoja. La integración económica internacional produjo enormes beneficios productivos, aunque al mismo tiempo creó nuevas formas de dependencia cuya gestión se convierte ahora en prioridad política.
En consecuencia, la cuestión fundamental ya no consiste únicamente en quién produce más semiconductores, sino en quién controla las estructuras de dependencia tecnológica que sostienen la economía global contemporánea.
Para un investigador o empresa del sector, esto se traduce en una oportunidad concreta. Los programas que ahora canalizan recursos hacia la autonomía tecnológica europea (Chips JU, PERTE Chip, las convocatorias de la AEI y del CDTI) priorizan precisamente las capacidades que reducen dependencias críticas. Identificar dónde encaja una línea de investigación o una capacidad industrial dentro de esa cadena, y en qué convocatoria, es hoy una decisión estratégica tanto como técnica.
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